
Viajar en tren es un acto con un encanto especial, sentarse en un vagón y dejarse llevar por medio de un paisaje novedoso, sin más ocupación que la de disfrutar del trayecto. Porque ya lo dicen los sabios, lo importante no es sólo llegar, si no disfrutar del camino.
Canadá ofrece a todos sus habitantes y a los viajeros que llegan a su territorio, varias posibilidades, de lo más atractivo, para realizar amplios recorridos por parajes alejados y espectaculares.
Las vías de ferrocarril que recorren las Rocosas Canadienses tienen varias líneas de tren que se adentran en sus entrañas, pasando junto a centenares de picos, muchos de ellos cubiertos por glaciares o con perfiles tan afilados como la dentadura de un lobo. Incluso nos llevan de la mano hasta el monte Robson, en la Columbia Británica, que, con una altura de 3.953 metros, es uno de los soberanos de este salvaje sistema montañoso.

Hay dos opciones mágicas para viajar por las Rocosas. La primera es a bordo de uno de los cómodos trenes de la Rocky Mountaineer, famoso por sus viajes de dos días, en dirección este u oeste, entre la Columbia Británica y Alberta. Los vagones-miradores, con techos de cristal, permiten no perderse ni una de las magníficas vistas.
Montado en uno de los trenes de la American Orient Express revivimos las épocas de los 40 y 50 del siglo pasado, en vagones perfectamente conservados, llenos de estilo romántico y una comida de gran calidad. El viaje dura en torno a diez días, por 3.380 kilómetros entre Montreal y Vancouver, pero tiene su punto álgido una vez llega a la vera de las Rocosas.
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