
Las ciudades son la mejor expresión de lo que el ser humano ha llegado a ser, a construir, durante su existencia sobre la faz de la tierra. Todo lo bueno y lo malo, los hitos y logros e, incluso, sus momentos más bajos. Todo eso lo refleja una ciudad, como si fuera un espejo del rostro de los hombres que la habitan y la habitaron.
Canadá tiene multitud de espejos, llenos de reflejos distintos que nos muestran las diferentes caras del ser humano. Así podemos conocer cómo hemos sido en diferentes épocas históricas o cómo comunidades diversas han resuelto los dilemas que les planteaba su entorno.
Así nos sentimos sobrecogidos por la Ciudad de Quebec, situado en lo alto de una escarpadura sobre el río St Lawrence, nos adentramos en el espíritu del salvaje oeste en Calgary o revivimos la época de la fiebre del oro en Klondike, en el Yukón.

Del mismo modo, podemos observar, la ciudad de Toronto por las orillas de sus islas, caminar por la época colonial en Charlottetowon, en la isla del Príncipe Eduardo, o darle hacia atrás al reloj de la historia para escarbar en los orígenes en la ciudad más antigua de Canadá, St John’s en Terranova.
Eso es lo bueno de los espejos, no saben de verdades o mentiras, sólo reflejan la imagen frente a ellos. No hay más que eso, después nos toca a nosotros interpretar y descubrir algo más en ese reflejo, ver cuánto de nosotros mismos encontramos en todos esos distintos seres humanos y culturas.
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