Llegar a Vancouver es sencillo, irse es lo complicado. Mares y montañas rodean la ciudad encaramándola de una belleza inusual. No hay espacio para el aburrimiento, aquí la rutina desaparece.
La tercera ciudad más grande de Canadá recibe entusiastamente a los turistas año a año. Con una población que llega hasta los 2 millones de habitantes que pueden ser más si los deseos de los visitantes se cumplen y jamás dan el paso de regreso. Vancouver se presenta como una ciudad cosmopolita, abierta a las influencias de un mundo globalizado.
Aquí el frío golpea los cuerpos durante el invierno, mientras en el verano la temperatura es ideal para un día de playa. En la temporada de invierno las montañas de Grouse y Ciprés, además del Monte Seymour, son escenarios de pruebas de eskí, deslizarse sobre el hielo es una experiencia fascinante. Si llegas junto antes de la Navidad, la costumbre de Vancouver te atraerá de sobremanera, podrás ser parte de los paseos en trineo, o quizá visitar el taller de Santa Claus, desde donde imaginariamente sale los juguetes.
Si desea algo más sosegado, alejado de la adrenalina, el Stanley Park le ofrece ello. Sus 35 kilómetros de caminos por el bosque son precisos para paseos a pie o con la compañía de una bicicleta, de igual manera los niños podrán entremeterse en el acuario de Vancouver (Vancouver Aquarium), o en la granja especialmente dirigida para ellos: Children’s Farmyard.
Otro lugar de obligatoria visita es, sin duda, la galería de Arte de la ciudad, que no solo presenta obras de artistas nacionales como Emily Carr, sino también de diversas procedencias. Y si de comprar se trata nada mejor que la calle Robson, en el corazón de la ciudad, aquí las mejores tiendas abren desde horas muy tempranas, así como restaurantes y bares que reciben a los noctámbulos visitantes. Por eso y más, en Vancouver existe lo necesario como para no pensar en la partida.
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